El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Querida —dijo la marquesa—, ocúpese usted de sus colibríes, sus podencos y sus trapos, y deje a su futuro esposo hacer su trabajo. Hoy en día las armas descansan y la toga tiene solvencia; hay sobre eso una frase latina de una gran profundidad.

—Cedant arma togae —dijo con una inclinación Villefort.

—Yo no me atrevía a hablar en latín —respondió la marquesa.

—Creo que yo preferiría que usted fuese médico —repuso Renée—; el ángel exterminador, por muy ángel que sea, siempre me ha asustado mucho.

—¡Mi buena Renée! —murmuró Villefort mirando a la joven con ojos amorosos.

—Hija mía —dijo el marqués—, el señor de Villefort será el médico moral y político de esta provincia; créeme, es un buen papel el que tiene que representar.

—Y será un modo de hacer olvidar el que ha representado su padre —repuso la incorregible marquesa.

—Señora —repuso Villefort con una triste sonrisa—, ya tuve el honor de decirle a usted que mi padre, o eso espero al menos, que mi padre había abjurado de sus errores del pasado, que se ha convertido en un amigo lleno de celo por la religión y el orden, mejor monárquico que yo, quizá; pues él lo es por arrepentimiento, y yo, yo lo soy por pasión.


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