El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »“¡Ya contarás ese cuento a los jueces de Nimes!”, respondieron. “Mientras tanto, síguenos; y si tenemos un consejo que darte es que no opongas ninguna resistencia.”
»No era en absoluto mi intención, estaba destrozado por el asombro y por el terror. Me pusieron las esposas, me ataron a la cola de un caballo y me condujeron a Nimes.
»El caso es que un aduanero me había seguido, me perdió de vista por los alrededores de la casa, y pensó que pasaría allí la noche; regresó a avisar sus compañeros y llegaron justo para oír el disparo y cogerme a mí en medio de tales pruebas de culpabilidad, que enseguida comprendí lo que me costaría que se reconociese mi inocencia.
»Así que sólo me agarré a una cosa: mi primera petición al juez de instrucción fue para rogar que buscasen por todas partes a ese tal abate Busoni, que había parado durante el día en la posada del Pont-du-Gard. Si Caderousse se había inventado la historia, si ese abate no existía, era evidente que yo estaba perdido, a menos que Caderousse fuera arrestado a su vez, y confesara todo.