El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Yo le refiero sus mismas palabras, y si el marqués quiere ser franco, confesará que lo que yo le digo ahora concuerda perfectamente con lo que el rey le dijo a él mismo hace seis meses, cuando habló con él del proyecto de matrimonio entre su hija y usted.
—Es cierto —dijo el marqués.
—¡Oh! Entonces seré deudor de ese digno prÃncipe, ¡qué no harÃa yo por servirle!
—Menos mal —dijo la marquesa—, asà es como yo le quiero: que venga un conspirador ahora, que será bienvenido.
—Y yo, madre —dijo Renée—, yo ruego a Dios que no la escuche, madre, que no envÃe al señor de Villefort más que ladronzuelos, pequeños timadores o tÃmidos estafadores; siendo asÃ, dormiré tranquila.
—Es como si usted deseara para el médico migrañas, sarampiones y picaduras de avispa, todo lo que no atañe más que a la epidermis —dijo Villefort riendo—. Si usted quiere verme fiscal del Reino, deséeme, por el contrario, esas terribles enfermedades cuya cura hace honor al médico.
En ese momento y como si el azar no hubiera esperado más que la emisión del deseo de Villefort para que ese deseo fuera otorgado, un ayuda de cámara entró y le dijo unas palabras al oÃdo. Villefort se levantó entonces de la mesa disculpándose, y regresó poco después, con la sonrisa en el rostro y en los labios.