El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Renée le miró con amor, pues, visto así, con sus ojos azules, su tez mate y sus patillas negras que enmarcaban su rostro, era verdaderamente un elegante y apuesto joven; además, todo el espíritu de la joven pareció pendiente de sus labios, esperando que explicase la causa de su momentánea desaparición.

—Y bien —dijo Villefort—, usted ambicionaba hace un momento, señorita, tener como marido a un médico, tengo al menos con los discípulos de Esculapio —aún se hablaba así en 1815— ese parecido, el que nunca dispongo de mi tiempo y que vienen a molestarme incluso estando junto a usted, incluso en el banquete de mi compromiso.

—¿Y cuál es la causa ahora, señor? —preguntó la hermosa joven con cierta inquietud.

—¡Ay! La de un enfermo que, si tengo que creer en lo que me han dicho, es de extrema gravedad: esta vez es un caso grave, y la enfermedad roza el cadalso.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Renée palideciendo.

—¡De verdad! —dijo al unísono la asamblea.

—Parece que, simplemente, acaban de descubrir un pequeño complot bonapartista.

—¿Es posible? —dijo la marquesa.

—Esta es la carta de denuncia.

Y Villefort leyó:


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