El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor —repuso Villefort—, hay algo más que temer que la muerte, la vejez o la locura; hay, por ejemplo, la apoplejÃa, ese rayo que golpea sin destruir, y que sin embargo, tras el cual, todo se ha acabado. Uno sigue siendo el mismo, y sin embargo ya no lo es; tocábamos como Ariel al ángel, y henos ahà convertidos en una masa inerte que, como Calibán, no tocamos más que a la bestia; eso se llama lisa y llanamente, como le decÃa, en la lengua humana, una apoplejÃa. Venga, si le place, a continuar esta conversación a mi casa, señor conde, un dÃa que tenga usted ganas de encontrar un adversario capaz de comprenderle y ávido de refutarle, y le mostraré a mi padre, el señor Noirtier de Villefort, uno de los más fogosos jacobinos de la Revolución francesa, es decir, la más brillante audacia puesta al servicio de la más vigorosa organización; un hombre que quizá no habÃa visto como usted todos los reinos de la tierra, pero que habÃa ayudado a revolucionar uno de los más poderosos; un hombre que, como usted, pretendÃa ser uno de los enviados; no por Dios, sino por el Ser Supremo; no por la Providencia, sino por la Fatalidad; y bien, señor, la rotura de un vaso sanguÃneo en uno de los lóbulos del cerebro quebró todo eso, no en un dÃa, no en una hora, sino en un segundo. La vÃspera, el señor Noirtier, antiguo jacobino, antiguo senador, antiguo carbonaro, riendo de la guillotina, riendo del cañón, riendo del puñal, el señor Noirtier, jugando con las revoluciones; el señor Noirtier, para quien Francia no era más que un vasto tablero de ajedrez del que todos, peones, caballos y reina, debÃan desaparecer con tal de dar jaque mate al rey; el señor Noirtier, tan temible, era al dÃa siguiente ese pobre señor Noirtier, anciano inmóvil, entregado a la voluntad del ser más débil de la casa, es decir, de su nieta Valentine; un cadáver mudo y helado en fin, que vive sin sufrimiento, nada más que para dar tiempo a la materia para que llegue sin sacudidas a su entera descomposición.