El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La familia Morrel
El conde llegó en pocos minutos a la calle Meslay, n.º 7.
La casa era blanca, alegre, precedida de un patio en el que en dos pequeños parterres crecían flores bastante hermosas.
En el portero que le abrió la puerta, el conde reconoció al viejo Coclès. Pero como, recordamos, sólo tenía un ojo, y desde hacía nueve años ese ojo se había ido debilitando considerablemente, Coclès no reconoció al conde.
Los coches, para detenerse ante la entrada, debían girar, a fin de evitar un pequeño estanque de rocalla de donde surgía una fuentecilla de surtidor, magnificencia que había excitado no pocas envidias en el barrio, y que era la causante de que llamaran a esta casa pequeño Versalles.
Ni qué decir tiene que en el estanque nadaban un montón de pececillos rojos y amarillos.