El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! —dijo Julie—. Yo aún no he perdido la esperanza de besar un día su mano como beso la bolsa que la ha tocado. Hace cuatro años, Penelon estaba en Trieste; Penelon, señor conde, es ese valiente marino que ha visto ahora con la laya en el jardín, y que, de contramaestre, ha pasado a ser jardinero. Así que Penelon, estando en Trieste, vio en el muelle a un inglés que se embarcaba en un yate, y reconoció al que vino a casa de mi padre el 5 de junio de 1829, y que me escribió esta nota el 5 de septiembre. Era exactamente el mismo, por lo que asegura, pero no se atrevió a hablarle.

—¡Un inglés! —dijo Montecristo pensativo e inquietándose a cada mirada de Julie—. ¿Un inglés, dice?

—Sí —repuso Maximilien—, un inglés que se presentó en nuestra casa como mandatario de la casa Thomson y French, de Roma. Por eso es por lo que cuando usted dijo el otro día en casa del señor de Morcerf que los señores Thomson y French eran sus banqueros, yo me sobresalté. En nombre del Cielo, señor, esto ocurría, como le hemos dicho, en 1829; ¿conoció usted a ese inglés?

—¿Pero no dijo usted también que la casa Thomson y French había negado siempre haberles hecho aquel servicio?

—Sí.


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