El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Entonces, ese inglés no serÃa un hombre que teniendo que agradecer a su padre de ustedes algun buena acción, que su padre mismo hubiera olvidado, hubiera usado ese pretexto para hacerle también un favor?
—Todo es posible, señor, en tales circunstancias, incluso un milagro.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Montecristo.
—No dejó ningún nombre —respondió Julie mirando al conde con profunda atención— más que el nombre de la firma en la nota: Simbad el marino.
—Lo que no es evidentemente un nombre, sino un seudónimo.
Después, como Julie le mirara con más atención aún, e intentara coger al vuelo y reunir algunas notas de su voz:
—Veamos —continuó—, ¿no es un hombre de mi estatura, más o menos, un poco más alto, tal vez, un poco más delgado, embutido en una corbata alta, abotonada, encorsetado y siempre con un lápiz en la mano?
—¡Oh! ¿Entonces usted le conoce? —exclamó Julie con los ojos chispeantes de alegrÃa.
—No —dijo Montecristo—, solamente lo supongo. Conocà a un tal lord Wilmore, que esparcÃa asà su generosidad.
—¡Sin darse a conocer!
—Era un hombre raro que no creÃa en el agradecimiento.