El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! —exclamó Julie con un acento sublime y juntando sus manos—. ¡En qué cree entonces ese desgraciado!

—No creía, al menos en la época en la que le conocí —dijo Montecristo, a quien esa voz salida del fondo del alma había removido hasta la última fibra—; pero desde entonces quizá haya tenido la prueba de que el agradecimiento existe.

—¿Y usted conoce a ese hombre, señor? —preguntó Emmanuel.

—¡Oh! Si usted le conoce, señor —exclamó Julie—, dígame, dígame, ¿puede llevarnos a verle, mostrárnoslo, decirnos dónde está? Oídme, Maximilien, Emmanuel, si alguna vez le encontráramos, tendría que creer en la memoria del corazón.

Montecristo sintió dos lágrimas desprenderse de sus ojos; dio unos pasos más por el salón.

—¡En nombre del cielo, señor! —dijo Maximilien—. Si usted sabe algo de ese hombre, ¡díganoslo!

—¡Ay! —dijo Montecristo, comprimiendo la emoción de su voz—. Si es lord Wilmore su benefactor, temo que nunca lleguen a verlo. Yo le dejé hace dos o tres años en Palermo y partía para los países más exóticos; tanto, que creo que no vuelva nunca.

—¡Ah! Señor, ¡es usted cruel! —exclamó Julie con espanto.

Y las lágrimas brotaron de los ojos de la joven.


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