El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señora —dijo con gravedad Montecristo, devorando con la mirada las dos perlas lÃquidas que rodaban por las mejillas de Julie—, si lord Wilmore hubiera visto lo que yo acabo de ver aquÃ, amarÃa más la vida, pues las lágrimas que usted derrama le congraciarÃan con el género humano.
Y tendió la mano a Julie, que le dio la suya, atraÃda como se sentÃa por la mirada y el acento del conde.
—¿Pero ese lord Wilmore —dijo, agarrándose a una última esperanza—, tenÃa un paÃs, una familia, parientes, era conocido, en fin? ¿Es que no podrÃamos…?
—¡Oh! No busque más, señora —dijo el conde—, no construya dulces quimeras sobre esa frase que yo dejé escapar. No, lord Wilmore no es probablemente el hombre que usted busca; era mi amigo, yo conocÃa todos sus secretos, me hubiera contado este.
—¿Entonces no le dijo nada? —exclamó Julie.
—Nada.
—¿Ni una palabra que pudiera hacerle sospechar…?
—Ni una palabra.
—Sin embargo, usted lo nombró enseguida.
—¡Ah! Usted sabe…, en casos asÃ, uno supone.