El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Hermana, hermana —dijo Maximilien, viniendo en ayuda del conde—, el señor tiene razón. Recuerda lo que nos dijo a menudo nuestro buen padre: «no es un inglés quien nos proporcionó esa dicha».
El conde de Montecristo se sobresaltó.
—¿Su padre decÃa… señor Morrel…? —repuso con viveza.
—Mi padre, señor, veÃa en esta acción un milagro. Mi padre creÃa en un benefactor que habÃa salido de la tumba para acudir en nuestra ayuda. ¡Oh! Una superstición conmovedora, señor; ¡y qué lejos estaba, aún no creyendo en ella yo mismo, qué lejos estaba yo de querer destruir esa creencia en su noble corazón! ¡Cuántas veces soñó pronunciando en voz baja un nombre de amigo bien querido, el nombre de un amigo perdido! Y cuando estuvo cerca de la muerte, cuando la cercanÃa de la eternidad dio a su espÃritu algo de la clarividencia de la tumba, ese pensamiento, que hasta entonces habÃa sido una duda, se tornó en convicción, y las últimas palabras que pronunció al morir fueron estas: «Maximilien, ¡era Edmond Dantès!».