El Conde de Montecristo
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Algunos días después de este encuentro, Albert de Morcerf vino a visitar al conde de Montecristo en su casa de los Champs-Élysées, que ya había adquirido ese aspecto de palacio que el conde, gracias a su inmensa fortuna, daba a sus viviendas, incluso a las más pasajeras.
Venía a renovarle el agradecimiento de la señora Danglars, aunque esta ya le había enviado una carta firmada por la baronesa de Danglars, de soltera Herminie de Servieux.
Albert venía acompañado de Lucien Debray, quien unió a las palabras de su amigo algunos cumplidos que no eran oficiales, sin duda, pero cuya fuente era fácil de adivinar por parte del conde, gracias a la agudeza de su buen ojo.
Le pareció, incluso, que Lucien venía a verle movido por un doble sentimiento de curiosidad, y que la mitad de ese sentimiento emanaba de la calle Chaussee-d’Antin. En efecto, el conde podía suponer, sin temor a equivocarse, que la señora Danglars, no pudiendo conocer por sus propios ojos el hogar de un hombre que regalaba caballos de treinta mil francos, y que iba a la ópera con una esclava griega que lucía un millón de diamantes, había encargado a esos ojos, a través de los cuales tenía costumbre de ver, que la informasen sobre dicho hogar.