El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El conde, desde su entrada en el salón, no habÃa perdido de vista al joven; admiró en él la seguridad de su mirada y la confianza de su voz; pero al oÃr esas palabras tan naturales: «su padre de usted está aquÃ, en efecto, y le busca», el joven Andrea dio un salto y exclamó:
—¡Mi padre! ¿Mi padre está aqu�
—Sin duda —respondió Montecristo—, su padre, el mayor Bartolomeo Cavalcanti.
La impresión de terror en los rasgos del joven se borró casi de inmediato.
—¡Ah! SÃ, es cierto —dijo—, el mayor Bartolomeo Cavalcanti. Y usted dice, señor conde, que está aquÃ, ese querido padre mÃo.
—SÃ, señor. Añadiré, incluso, que acabo de dejarle ahora mismo, que la historia que me ha contado de ese hijo querido que perdió hace tiempo me ha conmovido mucho; de verdad, su dolor, sus temores, sus esperanzas sobre este asunto compondrÃan un enternecedor poema. Finalmente un dÃa recibió la noticia que le anunciaba que los raptores de su hijo se ofrecÃan a devolvérselo o a indicarle dónde estaba, mediando una gran suma de dinero. Pero nada retuvo a ese buen padre; esa suma fue enviada a la frontera del Piamonte, con un pasaporte visado por Italia. ¿Usted estaba en el MediodÃa francés, creo?