El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, señor —respondió Andrea un poco desconcertado—; sÃ, yo estaba en el MediodÃa francés.
—¿Un coche debÃa esperarle en Niza?
—Eso es, señor; el coche me llevó de Niza a Génova, de Génova a TurÃn, de TurÃn a Chambéry, de Chambéry a Pont-de-Beauvoisin, y de Pont-de-Beauvoisin a ParÃs.
—¡De maravilla! Él esperaba enontrarle a usted en el camino, pues seguÃa la misma ruta; por eso el itinerario de usted fue señalado asÃ.
—Pero —dijo Andrea—, si me hubiera encontrado, este querido padre mÃo, dudo que me hubiera reconocido; he cambiado un poco desde que le perdà de vista.
—¡Oh! La voz de la sangre —dijo Montecristo.
—¡Ah! SÃ, es cierto —repuso el joven—, no pensaba en la voz de la sangre.