El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Usted no entiende, Maximilien; cuando hace un año hablé de retirarme a un convento, a pesar de las observaciones que se vio obligada a hacerme, adoptó mi propuesta con alegrÃa; mi padre, incluso, hubiera consentido, instigado por ella, estoy segura; sólo mi pobre abuelo me retuvo. No puede imaginarse, Maximilien, qué expresión hay en los ojos de ese pobre anciano, que no quiere a nadie más que a mà en este mundo, y que Dios me perdone si es una blasfemia, pero tampoco es querido por nadie, salvo por mÃ. Si supiera, cuando supo mi idea del convento, cómo me miraba, todo el reproche que habÃa en esa mirada, y toda la desesperación que acumulaban esas lágrimas que le caÃan por las mejillas inmóviles, sin quejas, sin suspiros. ¡Ah! Maximilien, sentà un gran remordimiento; me eché a sus pies gritándole: «¡perdón!, ¡perdón! ¡Padre querido! Que hagan conmigo lo que quieran pero yo no le dejaré nunca». Entonces, levantó los ojos al cielo…, y… ¡oh!, Maximilien, aunque a partir de ahora sufra mucho, esa mirada de mi anciano abuelo me compensó por adelantado de todo lo que pueda sufrir.