El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Querida Valentine! Es usted un ángel, realmente no sé cómo la he merecido, sableando a diestra y siniestra a beduinos, a menos que Dios haya considerado que son infieles, no sé cómo he merecido que usted se fijara en mÃ. Pero, en fin, veamos Valentine, ¿cuál puede ser el interés de la señora de Villefort en que usted no se case?
—¿Pero, no ha oÃdo ahora que le decÃa que soy rica, Maximilien, demasiado rica? Por parte de mi madre tengo cerca de cincuenta mil libras de renta; mis abuelos, los marqueses de Saint-Méran, me dejarán otro tanto; el señor Noirtier visiblemente tiene la intención de dejarme como única heredera. De todo esto resulta que, comparado conmigo, mi hermano Édouard, que no espera por parte de padre ninguna fortuna, es pobre. Ahora bien, la señora de Villefort ama a ese niño con adoración, y si yo entrase en religión, toda mi fortuna, que volverÃa a mi padre, que heredarÃa de los marqueses y de mà misma, recaerÃa en su hijo.
—¡Oh! ¡Qué extraño es ver esa avaricia en una mujer tan joven y tan hermosa!
—Observe que no es por ella, Maximilien, sino por su hijo, y lo que usted le reprocha como defecto, desde el punto de vista del amor maternal, es casi una virtud.
—Pues, veamos, Valentine —dijo Morrel—, ¿y si usted le dejara una parte de su fortuna a su hermano?