El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Pero, cómo puedo hacer esa propuesta —dijo Valentine—, sobre todo a una mujer que tiene en la boca siempre la palabra generosidad?

—Valentine, mi amor sigue siendo algo sagrado, y como todo lo sagrado lo he cubierto con el velo del respeto y encerrado en mi corazón; nadie en el mundo, ni siquiera mi hermana, conoce este amor que yo no he confiado a nadie en este mundo. Valentine, ¿me permite hablar de este amor a un amigo?

Valentine se estremeció.

—¿A un amigo? —dijo—. ¡Oh!, ¡Dios mío! Maximilien, tiemblo al oírle hablar a usted así. ¿A un amigo? ¿Y a qué amigo?

—Escuche, Valentine, ¿ha sentido alguna vez por alguien una de esas simpatías irresistibles que hacen que, al ver a una persona por primera vez, sienta que la conoce desde hace tiempo, y se pregunte dónde y cuándo la ha visto y, sin poder recordar ni el tiempo ni el lugar, llegue a creer que fue en un mundo anterior al nuestro, y que esa simpatía sea como un recuerdo dormido que se despierta?

—Sí.

—Pues bien, eso es lo que sentí la primera vez que vi a ese hombre extraordinario.

—¿Un hombre extaordinario?

—Sí.

—¿Al que usted conoce hace tiempo?


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