El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sólo desde hace ocho o diez dÃas.
—¿Y usted llama amigo a un hombre que conoce solamente desde hace ocho dÃas? ¡Oh! Maximilien, yo no le creÃa tan generoso adjudicando ese tÃtulo de amigo.
—Tiene usted razón en la lógica, Valentine; pero diga lo que diga no me volveré atrás sobre ese sentimiento intuitivo. Creo que ese hombre se verá mezclado en todo lo que me ocurra en un futuro, futuro que a veces su profunda mirada parece conocer y su poderosa mano dirigir.
—¿Es que se trata de un adivino? —dijo sonriendo Valentine.
—Palabra —dijo Maximilien— que a veces creo que adivina… el bien, sobre todo.
—¡Oh! —dijo tristemente Valentine—. Presénteme a ese hombre, Maximilien, que yo sepa por él si seré amada lo suficiente como para compensar todos mis sufrimientos.
—¡Mi pobre amiga! ¡Pero si usted le conoce!
—¿Yo?
—SÃ, pero si es el que salvó la vida a su madrastra y a su hijo.
—¿El conde de Montecristo?
—El mismo.
—¡Oh! —exclamó Valentine—. Nunca podrá ser amigo mÃo; lo es demasiado de mi madrastra.