El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿El conde amigo de su madrastra, Valentine? Mi instinto no me fallarÃa hasta ese punto; estoy seguro de que usted se equivoca.
—¡Oh! ¡Si usted supiera, Maximilien! Ya no es Édouard el que manda en casa, es el conde: buscado por la señora de Villefort, que ve en él un compendio de todos los conocimientos humanos; admirado, lo oye, admirado por mi padre, que dice que nunca oyó a nadie formular con mayor elocuencia las ideas más elevadas; idolatrado por Édouard que, a pesar del miedo que siente por los ojos negros del conde, corre hacia él en cuanto le ve llegar, le abre la mano y siempre encuentra en ella algún juguete admirable; el señor de Montecristo no está aquà en casa de mi padre; el señor de Montecristo no está aquà en casa de la señora de Villefort: el señor de Montecristo está aquà en su propia casa.