El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y bien, querida Valentine, si las cosas son como usted dice tiene que sentir ya, o sentirá pronto, los efectos de su presencia. Se encuentra con Albert de Morcerf en Italia, y es para sacarle de las garras de los bandidos; ve a la señora Danglars, y es para hacerle un regalo regio; su madrastra y su hermano pasan delante de su puerta, y es para que su nubio les salve la vida. Ese hombre evidentemente ha recibido el poder de influir sobre las cosas. Nunca he visto gustos tan sencillos aliados a una magnificencia tan grande. Su sonrisa es tan dulce, cuando me la dirige, que olvido a todos los que me han dicho que su sonrisa es amarga. ¡Oh! DÃgame, Valentine, ¿le ha sonreÃdo a usted asÃ? Si lo ha hecho, usted será feliz.