El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Yo! —dijo la joven—. ¡Oh! ¡Dios mío! Maximilien, si ni siquiera me mira, o mejor, si por casualidad paso a su lado, aparta la vista. ¡Oh! No es generoso, ¡vaya!, o no tiene esa mirada profunda que lee en el fondo de los corazones que usted erróneamente le supone; pues si fuera generoso, al verme triste y sola en medio de toda esta casa, me hubiera protegido con esa influencia que ejerce; y si ocupa el puesto del sol, como usted pretende, hubiera calentado mi corazón con alguno de sus rayos. Dice usted que él le aprecia, Maximilien; ¡eh! Dios mío, ¿usted qué sabe? Los hombres ponen buena cara ante un oficial de cinco pies y seis pulgadas como usted, que tiene bigotes largos y un gran sable, pero se creen con derecho a aplastar sin temor a una pobre muchacha llorosa.

—¡Oh, Valentine! Se equivoca, se lo juro.








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