El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Si fuera así, veamos, Maximilien, si me tratase diplomáticamente, es decir, como alguien que de una manera u otra quiere imponerse en la casa, aunque sólo hubiera sido una vez, me hubiera honrado con una de esas sonrisas que tanto me alaba usted; pero no, me ha visto desgraciada, comprende que yo no puedo servirle para nada, y ni siquiera me presta atención. ¿Quién sabe, incluso, si para hacer la corte a mi padre, a la señora de Villefort o a mi hermano, no me perseguirá tanto como esté en su poder hacerlo? Veamos, francamente, yo no soy una mujer a la que se pueda despreciar sin razón; usted lo ha dicho. ¡Ah! Perdóneme —continuó la joven al ver la impresión que causaban sus palabras a Maximilien—, soy mala, le estoy diciendo cosas sobre ese hombre que hasta yo misma ignoraba que las tuviera en mi corazón. Mire, no niego que esa influencia de la que usted habla exista, ni que tal vez también la ejerza sobre mí; pero si la ejerce, es de una manera nociva y corruptora, como usted ve, para mis buenos pensamientos.

—Está bien, Valentine —dijo Morrel con un suspiro—; no hablemos más de este asunto: no le diré nada.

—¡Ay, amigo mío! —dijo Valentine—. Le aflijo, ya lo veo. ¡Oh! ¡Si pudiera estrecharle la mano para pedirle perdón! Pero, en fin, sólo pido que me convenza; dígame, ¿qué ha hecho por usted ese conde de Montecristo?


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