El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Me incomoda mucho esa pregunta, lo confieso, Valentine. ¿Que qué ha hecho por mÃ? Nada ostensible, lo sé. Ya le he dicho que mi afecto por él es instintivo y no tiene nada de racional. ¿Es que el sol hace algo por mÃ? No; me calienta, y con su luz la veo a usted, eso es todo. ¿Es que tal o cual perfume hace algo por mÃ? No; su aroma recrea agradablemente uno de mis sentidos. No tengo nada más que decir cuando me preguntan por qué ensalzo un perfume. Mi amistad por él es extraña, como la suya por mÃ. Una voz secreta me advierte que hay algo más que azar en esta amistad imprevista y recÃproca. Encuentro correlación de sus más simples acciones, hasta de sus más secretos pensamientos, con mis acciones y mis pensamientos. Se va usted a reÃr de mÃ, Valentine, pero, desde que conozco a ese hombre, tengo la idea absurda de que todo lo que me sucede de bueno emana de él. Sin embargo, he vivido treinta años sin necesitar su protección, ¿no? No importa, mire, un ejemplo: me ha invitado a cenar el sábado, es natural, dado el punto en el que estamos, ¿no? Pues bien, ¿qué he sabido más tarde? Que sus padres de usted vendrán a esa cena. Me encontraré con ellos, y quién sabe lo que resultará en un futuro de ese encuentro. Son circunstancias muy simples en apariencia, sin embargo, yo, yo veo en ello algo que me asombra; siento una confianza extraña. Me digo que el conde, ese hombre singular que adivina todo, quiere que yo me vea con el señor y la señora de Villefort, y a veces, se lo juro, intento leer en sus ojos si ha adivinado nuestro amor.