El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mi buen amigo —dijo Valentine—, le tomarÃa por un visionario, y realmente temerÃa por su buen juicio, si solamente oyese de usted tales razonamientos. ¡Cómo! ¿Ve usted algo más que el azar en ese encuentro? De verdad, reflexione. Mi padre, que no sale nunca, estuvo a punto diez veces de rechazar la invitación, mientras que la señora de Villefort, por el contrario, arde en deseos de ver en su casa a ese nabab extraordinario, asà que le costó un gran trabajo conseguir que mi padre la acompañe. No, no, créame, aparte de usted, yo no tengo a nadie en el mundo más que a mi abuelo, ¡un cadáver!, ni otro apoyo que buscar que el de mi pobre madre, ¡una sombra!
—Veo que tiene razón, Valentine, y que la lógica juega en su favor —dijo Maximilien—; pero su voz, tan dulce y siempre tan poderosa para mÃ, hoy no me convence.
—Ni la de usted tampoco —dijo Valentine—, confieso que si no tiene otro ejemplo que contarme…
—Tengo uno —dijo Maximilien dudando—; pero, de verdad, Valentine, yo mismo lo confieso que es más absurdo que el primero.
—Peor que peor, entonces —dijo sonriendo Valentine.