El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Y sin embargo —continuó Morrel—, no por eso es menos concluyente para mí, que soy un hombre de inspiración y sentimiento y que alguna vez, en mis diez años de servicio, he debido la vida a uno de esos impulsos interiores que a uno le dictan un movimiento hacia delante o hacia atrás, para que la bala, que debía matarme, se alejara pasándome al lado.

—Querido Maximilien, ¿por qué no hacer honor a mis oraciones como causa de la desviación de esas balas? Cuando está usted lejos, no rezo a Dios y a mi madre por mí, rezo por usted.

—Sí, desde que nos conocemos —dijo sonriendo Morrel—; ¿pero, antes de conocerla, Valentine?

—Veamos, puesto que no quiere deberme nada, muchacho malvado, vuelva a ese ejemplo que usted mismo confiesa que es absurdo.

—Pues bien, mire entre las tablas, y vea allá, al lado de ese árbol, el nuevo caballo con el que he venido.

—¡Oh! ¡Un animal admirable! —exclamó Valentine—. ¿Por qué no lo ha traído más cerca de la verja? Le hubiera hablado y hubiera conocido mi voz.


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