El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Como ve, es un animal de un precio bastante elevado —dijo Maximilien—. Y bien, usted sabe que mi fortuna es limitada, Valentine, y que yo soy lo que se llama un hombre razonable. Pues bien, yo había visto en casa de un tratante de caballos a esta magnífica Medea, la llamo así. Pregunté el precio, me dijeron que costaba cuatro mil quinientos francos; como comprenderá me abstuve enseguida de considerarlo por más tiempo como un hermoso animal, y me marché, confieso que un poco triste, pues el caballo me había mirado tiernamente, me había acariciado moviendo la cabeza y había caracoleado conmigo de la manera más coqueta y más encantadora. Aquella misma velada, yo tenía amigos en casa: el señor de Château-Renaud, el señor Debray, y cinco o seis individuos más que usted tiene la dicha de no conocer, ni siquiera de nombre. Propusieron jugar una partida de cartas; yo no juego nunca, pues no soy lo bastante rico como para permitirme el lujo de perder, ni tan pobre como para desear ganar. Pero yo estaba en mi propia casa, comprende, no tenía otra cosa que hacer más que traer las cartas, y fue lo que hice.






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