El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Cuando nos disponíamos a jugar llegó el señor de Montecristo. Se sentó, jugamos y gané; apenas si me atrevo a confesarle eso, Valentine, gané cinco mil francos. La partida terminó a las doce de la noche. No pude contenerme, cogí un cabriolé y mandé que me llevara a casa del tratante. Todo ardoroso y anhelante, llamé. El que vino a abrirme me debió tomar por un loco. Apenas abrió la puerta entré hasta las cuadras, miré a lo largo del pesebre. ¡Oh! ¡Qué alegría! Allí estaba Medea comiendo su pienso. Agarro una silla, se la pongo yo mismo sobre el lomo, le paso la brida, ¡Medea se presta encantada a toda esta operación! Después, poniendo los cuatro mil quinientos francos en la mano del estupefacto tratante me vuelvo, o más bien, me paso la noche paseando por los Champs-Elysées. Pues bien, vi luz en la ventana del conde, y me pareció ver su sombra tras las cortinas. Ahora, Valentine, juraría que el conde supo que yo deseaba ese caballo, y que perdió a propósito para que yo me lo ganase.
—Mi querido Maximilien —dijo Valentine—, de verdad que es usted demasiado fantasioso… usted no me amará durante mucho tiempo… un hombre que hace poesía de ese modo no querrá marchitarse en una pasión monótona como la nuestra… Pero, ¡gran Dios! Mire, me llaman… ¿lo oye?