El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Los notarios se miraron estupefactos; Villefort y su mujer se sonrojaron, uno de vergüenza, la otra de ira.

—Pero, ¿qué hemos hecho, abuelo? —dijo Valentine—. ¿Es que ya no nos quieres?

La mirada del anciano pasó rápidamente por su hijo, por su nuera y se detuvo en Valentine con la expresión de la más profunda ternura.

—Y bien —dijo esta—, si me quieres, veamos, abuelo, trata de unir este cariño con lo que haces en este momento. Ya conoces, ya sabes que nunca pensé en tu fortuna; además, me dicen que soy rica por parte de mi madre, demasiado rica; explícate, entonces.

Noirtier fijó su ardiente mirada en la mano de Valentine.

—¿Mi mano? —dijo ella.

—Sí —indicó Noirtier.

—¡Su mano! —repitieron los asistentes.

—¡Ah! Señores, ya ven que todo es inútil, y que mi pobre padre está loco —dijo Villefort.

—¡Oh! —exclamó de repente Valentine—. ¡Ya entiendo! Mi matrimonio, ¿no es eso, abuelo?

—Sí, sí, sí —indicó por tres veces el paralítico lanzando un rayo cada vez que abría los ojos.

—No nos quieres a causa del matrimonio, ¿no es así?

—Sí.


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