El Conde de Montecristo

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—Pero es absurdo —dijo Villefort.

—Perdón, señor —dijo el notario—, al contrario, todo esto es muy lógico y encadena todo perfectamente.

—¿No quieres que me case con el señor Franz d’Épinay?

—No, no quiero —expresó la mirada del anciano.

—¿Y usted deshereda a su nieta —exclamó el notario—, porque se casa sin su aprobación?

—Sí.

—¿De manera que sin ese matrimonio sería su heredera?

—Sí.

Entonces se produjo un gran silencio en torno al anciano.

Los dos notarios se consultaron; Valentine, con las manos juntas, miraba a su abuelo con una sonrisa de agradecimiento; Villefort se mordía sus finos labios; la señora de Villefort no podía reprimir un sentimiento gozoso, que muy a su pesar dejaba traslucir en su rostro.

—Pero —dijo finalmente Villefort rompiendo el silencio—, me parece que soy el único que puede juzgar la conveniencia o no de esa unión. Siendo yo quien puede disponer de la mano de mi hija, quiero que se case con el señor Franz d’Épinay, y así se hará.

Valentine cayó toda llorosa sobre un sillón.


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