El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor —dijo el notario dirigiéndose al anciano—; ¿qué cuenta usted hacer con su fortuna en el caso en el que la señorita Valentine se case con el señor Franz d’Épinay?
El viejo se quedó inmóvil.
—¿Sin embargo, piensa testar?
—Sà —indicó Noirtier.
—¿A favor de alguien de su familia?
—No.
—¿A favor de los pobres, entonces?
—SÃ.
—Pero —dijo el notario—, ¿usted sabe que la ley se opone a que usted despoje de todo a su hijo?
—SÃ.
—¿Usted dispondrá, entonces, solamente de la parte que la ley le autoriza?
—No.
—¿Quiere entonces disponer de todo?
—SÃ.
—¡Pero, después de su muerte, impugnarán el testamento!
—No.
—Mi padre sabe, señor —dijo el señor de Villefort—, mi padre sabe que su voluntad será sagrada para mÃ; además, comprende que, en mi posición, no puedo pleitear contra los pobres.
Los ojos de Noirtier expresaron el triunfo.