El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Cómo? ¿No conoce usted estos papelitos?
—¡Billetes de banco!
—Rotundamente; y hay quince.
—¿Y de quién son?
—Suyos, si usted quiere.
—¡MÃos! —exclamó el empleado sofocado.
—¡Oh, Dios mÃo, sÃ! Suyos, de usted, de su propiedad.
—Señor, vea a mi comunicante de la derecha que actúa.
—Déjele.
—Señor, me ha distraÃdo, y me van a multar.
—Eso le costará cien francos; ya ve que le interesa coger mis quince mil billetes de banco.
—Señor, el comunicante de la derecha se impacienta, repite las señales.
—Déjele, y coja esto.
El conde puso el paquete en la mano del empleado.
—Ahora —le dijo—, esto no es todo: con esos quince mil francos no vivirá.
—Seguiré teniendo mi puesto.
—No, usted lo perderá, pues va a hacer otra señal diferente a la de su comunicante.
—¡Oh! Señor, ¿qué me propone?
—Una chiquillada.
—Señor, a menos que me vea forzado…
—Cuento efectivamente con forzarle.