El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿De cuánto?
—De cien francos.
—El diez por ciento de su salario; ¡pues vaya gracia!
—¡Ah! —dijo el empleado.
—¿Y eso le ha ocurrido? —dijo Montecristo.
—Una vez, señor, una vez que estaba injertando un rosal avellano.
—Bien. Ahora, ¿si se le ocurriera cambiar algo a la señal, o transmitir otra diferente?
—¡Ah! Entonces es diferente, me despedirÃan y perderÃa mi pensión.
—¿Trescientos francos?
—Cien escudos, sÃ, señor; asà que comprenderá que nunca se me ocurrirá hacer nada de eso.
—¿Ni siquiera por quince años de sus emolumentos? Veamos, eso merece una reflexión, ¿no?
—¿Por quince mil francos?
—SÃ.
—Señor, me asusta usted.
—¡Bah!
—Señor, ¿quiere usted tentarme?
—¡Justamente! ¿Quince mil francos, comprende?
—Señor, déjeme mirar a mi comunicante de la derecha.
—Al contrario, no le mire y mire esto.
—¿Qué es esto?