El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Ya estaba hecho; rojo de fiebre y sudando a chorros, el buen hombre ejecutó una tras otra las tres señales dadas por el conde, a pesar de las espantosas dislocaciones del comunicante de la derecha que, al no entender nada de esos cambios, comenzaba a creer que el hombre de los griñones se habÃa vuelto loco.
En cuanto al comunicante de la izquierda, repitió concienzudamente las mismas señales que fueron recogidas definitivamente en el Ministerio del Interior.
—Ahora ya es usted rico —dijo Montecristo.
—Sà —respondió el empleado—, ¡pero, a qué precio!
—Escuche, amigo —dijo Montecristo—, no quiero que tenga usted remordimientos; créame, pues se lo juro, usted no ha hecho daño a nadie, y ha servido a los proyectos de Dios.
El empleado miraba los billetes de banco, los palpaba, los contaba; se ponÃa pálido, se ponÃa rojo; después, se precipitó hacia su habitación para beber un vaso de agua; pero no tuvo tiempo de llegar al grifo de la pila, se desmayó en medio de sus judÃas secas.
Cinco minutos después de que la noticia telegráfica llegase al Ministerio, Debray enganchó los caballos a su cupé y corrió a casa de Danglars.
—¿Su marido tiene bonos de deuda española? —dijo a la baronesa.
—¡Claro que sÃ! Tiene seis millones.