El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —En absoluto; al contrario, siéntese. Pero, ¡por Dios! ¿Qué le ocurre? Parece usted preocupado, de verdad que me asusta. Un capitalista disgustado es como la visión de un cometa, presagia siempre una gran desgracia en el mundo.
—Lo que me ocurre, mi querido señor —dijo Danglars—, es que la mala suerte se cierne sobre mà desde hace algunos dÃas, y no me entero más que de un siniestro tras otro.
—¡Ah! ¡Dios mÃo! —dijo Montecristo—. ¿Es que ha sufrido otra recaÃda en la Bolsa?
—No, me he recuperado, al menos por algunos dÃas; se trata pura y simplemente para mà de una bancarrota en Trieste.
—¿De verdad? ¿Es que su hombre de la bancarrota es por casualidad Jacopo Manfredi?
—¡Justamente! Figúrese, un hombre que, desde hace no sé cuanto tiempo, hacÃa, conmigo, unos ocho o nueve mil francos de volumen de negocio. Nunca hubo una mala cuenta, nunca hubo un retraso; un tipo que pagaba como un prÃncipe… que paga. Le adelanto un millón, ¡y he ahà que ese diablo de Jacopo Manfredi suspende pagos!
—¿De verdad?