El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Es una fatalidad inaudita. Le presto seiscientas mil libras que me devuelven impagadas y, además, soy el portador de cuatrocientos mil francos de letras de cambio firmadas por él y pagaderas a finales de los corrientes por su corresponsal en París. Estamos a 30, envío a alguien a cobrar, ¡ah!, pues bien, sí, el corresponsal ha desaparecido. Con el asunto de España, se me está poniendo un bonito balance de fin de mes.

—¿Pero sufrió una gran pérdida, con ese asunto de España?

—Ciertamente; setecientos mil francos fuera de mis arcas, nada más que eso.

—¿Cómo diablos se hizo usted eco de esos rumores, usted, un viejo lince?

—¡Eh! La culpa fue de mi mujer. Soñó que don Carlos había regresado a España; ella cree en los sueños. Es magnetismo, dice ella, y cuando sueña una cosa, esa cosa, por lo que ella asegura, sucede infaliblemente. Siguiendo esa convicción, le permito jugar: ella tiene su cuenta y su agente de Bolsa: juega y pierde. Es cierto que no es mi dinero, sino el suyo el que se juega. Sin embargo, no importa, usted comprenderá que cuando setecientos mil francos salen del bolsillo de su mujer, el marido se resiente siempre un poco. ¡Cómo! ¿No sabía usted eso? Pues el asunto ha hecho un ruido enorme.


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