El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, claro, ya había oído hablar de ello, pero ignoraba los detalles, pues soy de lo más ignorante en asuntos de Bolsa.

—¿Usted no juega en Bolsa, entonces?

—¡Yo! ¿Cómo quiere usted que juegue? Yo, que tengo tantos problemas para gestionar mis rentas, me vería obligado a contratar, además de mi intendente, a un gerente y a un empleado de caja. Pero, a propósito de España, me parece que la baronesa no había soñado del todo esa historia del regreso de don Carlos. ¿No dijeron los periódicos algo al respecto?

—¿Y usted cree a los periódicos?

—Yo, en absoluto; pero me parece que ese honrado Le Messager es una excepción a la regla, y que decía que las noticias eran ciertas, las noticias telegráficas.

—Pues bien, eso es lo que es inexplicable —repuso Danglars—, que el regreso de don Carlos era efectivamente una noticia telegráfica.

—De manera —dijo Montecristo— que es un millón setecientos mil francos, poco más o menos, lo que pierde usted este mes.

—Nada de poco más o menos, es justo esa cantidad.

—¡Diablos! Para una fortuna de tercer orden —dijo Montecristo con compasión— es un golpe muy duro.


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