El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡De tercer orden! —dijo Danglars un poco humillado—. ¿Qué diablos entiende usted por eso?

—Sin duda —respondió Montecristo—, para mí hay tres clases de fortuna: fortuna de primer orden, fortuna de segundo orden y fortuna de tercer orden. Yo llamo fortuna de primer orden a la que se compone de tesoros que se tienen en mano, de tierras, de minas o de rentas de Estados como Francia, Austria e Inglaterra, con tal de que tesoros, minas y rentas formen un total de un centenar de millones; llamo fortuna de segundo orden a las explotaciones manufactureras, las empresas asociadas, los virreinatos y los principados que no sobrepasan un millón y medio de renta, siendo el capital de unos cincuenta millones; y llamo, en fin, fortuna de tercer orden a los capitales que fructifican por interés compuesto, cuyas ganancias dependen de la voluntad de terceros o de la suerte del azar, que empieza a quebrantarse por una bancarrota y que se quebranta del todo por una noticia telegráfica; las especulaciones eventuales, las operaciones sometidas, en fin, a las posibilidades de esa fatalidad que se podría llamar fuerza menor, comparándola con la fuerza mayor que es la fuerza de la naturaleza, formando el todo un capital ficticio o real de unos quince millones. Diga, ¿no es esa su situación, más o menos?

—¡Pues, hombre, sí! —respondió Danglars.


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