El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pongamos siete meses —replicó Montecristo en el mismo tono—. DÃgame, ¿ha pensado usted a menudo que siete veces un millón setecientos son casi doce millones…? ¿No? Bien, tiene usted razón, pues, con reflexiones asÃ, nunca comprometerÃa uno su capital, capital que es al financiero lo que la piel es al hombre civilizado. Todos tenemos ropas más o menos suntuosas, es nuestra solvencia; pero cuando el hombre muere, no tiene más que su piel; igual pasa en los negocios, cuando deja de hacerlos a usted no le queda sino su bien real, cinco o seis millones, todo lo más, pues las fortunas de tercer orden apenas representan la tercera o la cuarta parte de lo que aparentan, como la locomotora de un ferrocarril no es, a veces, en medio del humo que la envuelve y que la engrandece, más que una máquina más o menos fuerte. Y bien, de esos cinco millones que forman su activo real, usted acaba de perder, más o menos, dos, que hacen menguar su fortuna ficticia o su solvencia; es decir, mi querido señor Danglars, que su piel acaba de abrirse por una sangrÃa que, reiterada cuatro veces, le llevarÃa a la muerte. ¡Eh!, ¡eh! Tenga cuidado, mi querido señor Danglars. ¿Necesita usted dinero? ¿Quiere que yo se lo preste?