El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Tan grave que me veo obligado a despedirme de usted por algunos dÃas; asà que —continuó volviéndose hacia Renée— ya ven ustedes que tiene que ser grave.
—¿Se va usted, señor? —exclamó Renée, incapaz de ocultar la emoción que la inesperada noticia le causaba.
—¡Ay! SÃ, señorita —respondió Villefort—: es preciso.
—¿Y entonces, adónde va usted? —preguntó la marquesa.
—Es secreto de la justicia, señora; sin embargo, si alguien de aquà tiene algún encargo para ParÃs, tengo a un amigo que saldrá esta noche hacia la capital y que se encargarÃa con mucho gusto de lo que necesitaran.
Todos se miraron unos a otros.
—¿Me pidió usted un momento para hablar? —dijo el marqués.
—SÃ, pasemos a su gabinete, por favor.
El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.
—Y bien —le preguntó al llegar al gabinete—, ¿qué ocurre? Hable.