El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Por su parte, Caderousse estaba muy inquieto y muy atormentado: en lugar de salir como había hecho el señor Morrel, en lugar de intentar algo a favor de Dantès, por quien, por otra parte, no podía hacer nada, se había encerrado con dos botellas de vino de cassis y había intentado ahogar su inquietud en la embriaguez. Pero, tal como se encontraba su espíritu, dos botellas era demasiado poco para oscurecer su juicio; así pues se había quedado en casa, demasiado borracho como para salir a por más vino, y no lo suficiente como para que la borrachera apagara sus recuerdos, y permanecía acodado frente a las dos botellas vacías, sobre una mesa que cojeaba y viendo danzar, con el reflejo de la candela de mecha larga, a todos esos espectros que Hoffmann sembró en sus manuscritos mojados de punch, como un polvo negro y fantasmagórico.
Sólo Danglars no estaba ni atormentado ni inquieto; Danglars estaba incluso alegre, pues se había vengado de un enemigo y se había asegurado, a bordo del Pharaon, la plaza que temía perder; Danglars era uno de esos hombres de cálculo que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero en lugar de corazón; todo en este mundo era para él resta o multiplicación, y una cifra le parecía algo más preciado que un hombre, cuando esa cifra podía aumentar la suma y ese hombre podía menguarla.