El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Diga al señor Noirtier —repuso Villefort— que lo que pide no puede ser.

—Entonces el señor Noirtier avisa a los señores —repuso Barrois— que hará que le traigan, en persona, al salón.

El asombro general llegó al colmo.

Una especie de sonrisa se dibujó en el rostro de la señora de Villefort. Valentine, sin querer, levantó los ojos al techo para dar las gracias al Cielo.

—Valentine —dijo el señor de Villefort—, vaya a ver qué nueva fantasía se le ha ocurrido al abuelo, se lo ruego.

Valentine dio rápidamente algunos pasos para salir, pero el señor de Villefort la retuvo.

—Espere —dijo—, la acompaño.

—Perdón, señor, —dijo Franz a su vez—; me parece que, puesto que es a mí a quien el señor Noirtier quiere ver, seré yo quien me someta a sus deseos; además, estaré encantado de presentarle mis respetos, ya que no he tenido aún la ocasión de solicitar ese honor.

—¡Oh! ¡Dios mío! —dijo Villefort con visible inquietud—. No tiene que molestarse.


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