El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señores —dijo, en un tono extrañamente firme para un sirviente dirigiéndose a sus amos en una circunstancia tan solemne—, señores, el señor Noirtier de Villefort desea hablar inmediatamente con el señor Franz de Quesnel, barón d’Épinay.

Él también, como el notario, y a fin de que nadie se llamara a engaño, nombraba con todos sus títulos al novio.

Villefort se sobresaltó, la señora de Villefort dejó a su hijo resbalar de sus rodillas, Valentine se levantó pálida y muda como una estatua.

Albert y Château-Renaud intercambiaron una segunda mirada, aún más atónita que la primera.

El notario miró a Villefort.

—Es imposible —dijo el fiscal—; además, el señor d’Épinay no puede abandonar el salón en este momento.

—Es justamente en este momento —repuso Barrois con la misma firmeza—, cuando el señor Noirtier, mi señor, desea hablar de asuntos importantes con el señor Franz d’Épinay.

—¿Es que ahora habla, el abuelito Noirtier? —preguntó Édouard con su impertinencia habitual.

Pero esa salida ni siquiera hizo sonreír a la señora de Villefort, tan preocupados como estaban todos y tan solemne como parecía la situación.


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