El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Las actas
Noirtier esperaba vestido de negro e instalado en su sillón.
Cuando entraron las tres personas con las que contaba que viniesen, miró a la puerta, que su ayuda de cámara cerró de inmediato.
—Tenga cuidado —dijo Villefort en voz baja a Valentine, que no podía ocultar su alegría—, pues si el señor Noirtier quiere comunicarle algo que impida su matrimonio, le prohíbo que se dé por enterada.
Valentine se sonrojó pero no dijo nada.
Villefort se acercó a Noirtier.
—Aquí tiene al señor Franz d’Épinay —le dijo—; usted le ha hecho venir, señor, y él se somete a sus deseos. Sin duda deseábamos esta entrevista desde hacía tiempo, y estaré encantado de que en ella se demuestre cómo su oposición al matrimonio de Valentine estaba poco fundada.
Noirtier sólo respondió con una mirada que hizo correr un escalofrío por las venas de Villefort.
Con un gesto en la mirada indicó a Valentine que se acercara.
En un momento, gracias a los medios habituales que usaba en las conversaciones con su abuelo, encontró la palabra clave.