El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Se la trajo usted de inmediato a su señor en cuanto la hizo?
—No.
—¿La dejó en algún sitio, entonces?
—En la antecocina; me llamaban.
—¿Quién la trajo aqu�
—La señorita Valentine.
D’Avrigny se dio una palmada en la frente.
—¡Oh, Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —murmuró.
—¡Doctor! ¡Doctor! —gritó Barrois, que sentÃa que le venÃa otra crisis.
—¿Pero, es que no van a traer ese emético? —exclamó el doctor.
—Aquà tiene un vaso ya preparado —dijo Villefort entrando por la puerta.
—¿Quién lo ha preparado?
—El mancebo de la farmacia que ha venido conmigo.
—Beba.
—Imposible, doctor, es demasiado tarde; tengo la garganta que se me cierra. ¡Me ahogo! ¡Oh, mi corazón…! ¡Oh, mi cabeza…! ¿Es que voy a sufrir mucho tiempo esto?
—No, no, amigo mÃo —dijo el doctor—, pronto ya no sufrirá más.
—¡Ah, le comprendo! —exclamó el desgraciado—. ¡Dios mÃo! ¡Ten piedad de mÃ!