El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y, emitiendo un espantoso grito, cayó hacia atrás, como si hubiera sido alcanzado por un rayo.

D’Avrigny puso una mano sobre el corazón del sirviente y acercó un espejo a sus labios.

—¿Y bien? —preguntó Villefort.

—Vaya a decir a la cocina que me traigan deprisa el sirope de violetas.

Villefort bajó al instante.

—No se asuste, señor Noirtier —dijo d’Avrigny—, me llevo al enfermo a otra habitación para sangrarle; de verdad que estos espectáculos son espantosos de ver.

Y, cogiendo a Barrois por debajo de los brazos, le arrastró a la habitación contigua; pero casi enseguida volvió donde Noirtier para llevarse el resto de la limonada.

Noirtier cerró el ojo derecho.

—¿Valentine, no es eso? ¿Usted quiere que venga Valentine? Voy a decir que le avisen.

Villefort estaba subiendo; d’Avrigny se lo encontró en el corredor.

—¿Y bien? —preguntó.

—Venga —dijo d’Avrigny.

Y se lo llevó a la habitación.

—¿Sigue desvanecido? —preguntó el fiscal.

—Ha muerto.


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