El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Villefort reculó tres pasos, juntó las manos por encima de la cabeza y, con una conmiseración inequÃvoca:
—¡Muerto tan rápidamente! —dijo mirando el cadáver.
—SÃ, muy rápidamente, ¿no es eso? —dijo d’Avrigny—. Pero no debe extrañarle: el señor y la señora de Saint-Méran murieron también muy rápidamente. ¡Oh! La gente muere deprisa en su casa, señor de Villefort.
—¡Cómo! —exclamó el magistrado con horror y consternación—. ¡Sigue usted con esa terrible idea!
—¡Me mantengo en ella, señor, me mantengo en ella! —dijo d’Avrigny con solemnidad—. Y no la he descartado ni un instante; y para que quede usted convencido de que esta vez no me equivoco, escuche bien, señor de Villefort.
Villefort temblaba convulsivamente.