El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Hay un veneno que mata sin dejar huella. Ese veneno, yo lo conozco bien; lo he estudiado con todos los accidentes que provoca, en todos los fenómenos que produce. Ese veneno, lo he reconocido ahora en el pobre Barrois, como lo reconocí antes en la señora de Saint-Méran. Ese veneno…, hay una manera de reconocer su presencia: restablece el color verde del papel de tornasol enrojecido por un ácido, y tiñe de verde el sirope de violetas. No tenemos papel de tornasol; pero, mire, aquí nos traen el sirope de violetas que pedí.

En efecto, se oían los pasos en el corredor; el doctor entreabrió la puerta, cogió, de manos de la doncella, un jarrón, cuyo fondo contenía dos o tres cucharadas de sirope, y volvió a cerrar la puerta.

—Mire —dijo al fiscal, cuyo corazón latía con tanta fuerza que se le hubiera podido oír—, aquí tenemos, en esta taza, el sirope de violetas, y en esa jarra el resto de la limonada de la que bebieron el señor Noirtier y Barrois. Si la limonada es pura e inofensiva, el jarabe mantendrá su color; si la limonada está envenenada, el jarabe se volverá verde. ¡Mire!

El doctor echó lentamente algunas gotas de limonada en la taza, y en el mismo instante se formó una nube en el fondo de la taza; la nube tomó al principio una coloración azulada; después del zafiro pasó al ópalo, y del ópalo, a la esmeralda.


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