El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La vivienda del panadero retirado
Aquella misma tarde en la que el conde de Morcerf salía de casa del señor Danglars con una vergüenza y un furor concebibles, dada la frialdad del banquero, el señor Andrea Cavalcanti, con el cabello rizado y reluciente, los bigotes afilados en las puntas, los guantes blancos marcando las uñas, entraba en el patio del banquero de la Chaussée-d’Antin, casi de pie en su faetón.
Al cabo de diez minutos de conversación en el salón, encontró el modo de llevar al señor Danglars al entrante de una ventana, y allí, tras un hábil preámbulo, le expuso los tormentos de su vida desde la marcha de su noble padre. Desde su marcha —decía—, había encontrado en la familia del banquero, donde habían tenido a bien recibirle como a un hijo, había encontrado toda la seguridad de la felicidad que un hombre debe siempre buscar, antes que los caprichos de la pasión; y en cuanto a la pasión misma, había tenido la dicha de hallarla en los hermosos ojos de la señorita Danglars.
Danglars escuchaba con la más profunda atención, hacía ya dos o tres días que esperaba esa declaración, y cuando al fin llegó, sus pupilas se dilataban tanto como se empequeñecieron y ensombrecieron antes, al escuchar a Morcerf.
Sin embargo, no quiso acoger la proposición del joven sin hacerle algunas observaciones de conciencia.