El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Robo con escalo
Al día siguiente de la conversación que acabamos de relatar, el conde de Montecristo había salido, efectivamente, para Auteuil con Alí, varios criados y unos caballos que quería probar. Lo que sobre todo había determinado esa visita, en la que ni siquiera pensaba la víspera, y que Andrea ignoraba tanto como él, era la llegada de Bertuccio, que, de regreso de Normandía, traía noticias de la casa y de la corbeta. La casa estaba preparada, y la corbeta, que había llegado desde hacía ocho días, anclada en una pequeña ensenada, donde se mantenía con una tripulación de seis hombres, tras cumplir con todas las formalidades exigidas, estaba ya en estado de volver a la mar.
El conde alabó la diligencia de Bertuccio y le invitó a prepararse para una pronta marcha, pues su estancia en Francia no se prolongaría más allá de un mes.
—Ahora —le dijo—, puede que necesite llegar en una noche de París a Tréport; quiero ocho relevos escalonados a lo largo de la ruta que me permitan hacer cincuenta leguas en diez horas.
—Su Excelencia ya me manifestó ese deseo —respondió Bertuccio—, y los caballos ya están listos. Los compré y los distribuí yo mismo en los lugares más adecuados, es decir, en pueblos en los que ordinariamente no para nadie.