El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Señor, el hombre que usted recibe en su casa y a quien usted quiere destinar su hija, es un antiguo presidiario, escapado conmigo del presidio de Toulon; él era el n.º 59 y yo, el 58.

Se llamaba Benedetto; pero él mismo ignora su verdadero nombre, pues nunca conoció a sus padres.

—¡Firma! —continuó el conde.

—¿Pero, usted quiere perderme?

—Si quisiera perderte, imbécil, te arrastraría hasta el primer cuerpo de guardia; además, cuando se entregue esta nota, es probable que ya no tengas nada que temer; firma, he dicho.

Caderousse firmó.

—La dirección: al señor barón Danglars, banquero, calle de la Chaussée-d’Antin.

Caderousse escribió la dirección.

El cura cogió la nota.

—Ahora —dijo—, está bien, vete.

—¿Por dónde?

—Por donde has venido.

—¿Quiere que yo salga por la ventana?

—Por ella has entrado.

—¿Usted está maquinando algo contra mí, señor cura?

—Imbécil, ¿qué quieres que maquine?

—¿Por qué no me abre la puerta?

—¿Para qué voy a despertar al portero?


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